Se dice que Macondo es un pueblo imaginario perdido en algún rincón de Colombia. Pero quienes hemos crecido en Latinoamérica sabemos que eso no es del todo cierto.
Macondo existe.
A veces tiene el calor de Venezuela y huele a café recién colado en Colombia. Otras veces se pinta con los colores de Ecuador, suspira con la nostalgia de Cuba, se vuelve inmenso como Brasil o se queda mirando los atardeceres de Chile.
Cambian los nombres.
Cambian los acentos.
Pero la esencia permanece.
Porque, siendo honestos, todos conocemos a alguien que habría podido vivir perfectamente entre los Buendía:
La abuela que asegura que no se barre de noche porque se va la suerte...
La madre con brazo de Grandes Ligas capaz de lanzar una chancla...
Los vecinos que convierten un apagón en una reunión de esquina...
La niña que sonríe entre los escombros...
Un pueblo entero que canta mientras rescata a sus heridos...
O los muertos que cada noviembre regresan a la mesa entre flores, pan y recuerdos...
Eso, ¡eso también es Macondo!
No porque ignoremos el dolor, sino porque los latinoamericanos tenemos una manera muy nuestra de atravesarlo.
Lloramos.
Nos abrazamos.
Rezamos.
Y cuando parece que ya no queda nada, alguien aparece con una taza de café...
Alguien canta...
Alguien comparte lo poco que tiene...
Alguien modela un animalito de caramelo para arrancarle una sonrisa a un niño...
Alguien inventa una historia para que el miedo pese un poco menos.
No es falta de respeto...Es supervivencia.
Es nuestra manera de mirar a la tragedia a los ojos y decirle: todavía no has podido con nosotros.
Lo vimos nuevamente cuando la tierra tembló...
Por un instante desaparecieron las fronteras. Colombia dolió en Venezuela y Venezuela corrió a sostener a Colombia.
Entre grietas, polvo y miedo, volvimos a reconocernos: dos pueblos que conocen demasiado bien lo que significa perder, levantarse y tender la mano aun cuando también está herida.
Quizá por eso, al ver a Macondo cobrar vida entre mis pinceles, no sentí que estuviera pintando un lugar imaginario. Sentí que regresaba a un sitio que había habitado durante años: uno hecho de recuerdos prestados, personajes sin rostro, mariposas amarillas y emociones que siempre reconocí como propias.Porque Macondo es arepa y arroz con gandules.
Es mate y café.
Es tortillas y pan de jamón.
Es salsa, mariachi, joropo y tango.
Es una historia repetida con nombres distintos a lo largo de todo un continente: la de un pueblo que, aun cuando la tierra tiembla, el río se desborda o el corazón se rompe, siempre encuentra una razón para volver a levantarse.
Tal vez García Márquez nunca inventó Macondo.
Tal vez solo le puso nombre a ese lugar extraordinario, contradictorio, doloroso y profundamente hermoso que todos los latinoamericanos llevamos dentro.
Porque Macondo nunca fue solamente un pueblo...
Macondo siempre fuimos nosotros.
