jueves, 9 de julio de 2026

Hablando de fútbol...

Nunca fui de discutir quién es el mejor jugador de la historia.

Es una conversación divertida, claro. Aparecen estadísticas, Balones de Oro, Copas del Mundo, Champions, récords imposibles… y casi inevitablemente se nombra a Messi y a Cristiano.

Claro que admiro a Messi. Esa forma de hacer que lo extraordinario parezca sencillo. La inteligencia para entender un partido antes que los demás. La humildad con la que deja que sea el balón quien hable por él.

Pero también admiro profundamente a Cristiano Ronaldo. La disciplina convertida en una filosofía de vida. La obsesión por mejorar. La prueba viviente de que el talento también se construye levantándose una y otra vez antes que los demás.

No creo que uno sea grande porque el otro exista. Creo que ambos elevaron el fútbol a un nivel que quizá tardemos muchos años en volver a ver.


Pero, si me preguntan quién me gusta más… siempre respondo lo mismo: ¡Ronaldinho!.

Jugaba como si todavía estuviera en la calle. Mientras otros parecían resolver ecuaciones, él parecía bailar. No daba la impresión de cargar el peso de millones de personas esperando un resultado. Parecía un niño al que simplemente le habían regalado un balón.

Cada pase era una idea... Cada regate, una sonrisa... Cada caño, una travesura.

Con Ronaldinho uno no esperaba solamente un gol... Uno esperaba magia.

Claro que tuve otros favoritos... Crecí viendo correr a Thierry Henry con esa elegancia que hacía parecer fácil lo imposible... Vi los misiles de Roberto Carlos desafiar cualquier explicación física que haría dudar hasta a mismísimo Newton... Admiré la clase infinita de Paolo Maldini, capaz de defender sin necesidad de hacer ruido... Y cómo no mencionar a Beckham, que convirtió un centro al área y un tiro libre en una forma de arte.

Fue una generación que me hizo enamorarme del fútbol.

Una época en la que cada fin de semana parecía haber un jugador dispuesto a inventar algo que nadie había visto antes.

Pero, con el tiempo, mi jugador favorito terminó siendo otro... Mi favorito... DS16... ¡Mi Danny!

Aunque hoy haya decidido seguir otro camino, para mí seguirá siendo el mejor jugador que he visto.

Cada vez que veo un 16 en una camiseta, ya no pienso en una posición dentro del campo.

Pienso en un niño que soñaba con salir en un álbum del Mundial.

Pienso en todas las horas de entrenamiento que nadie aplaudió.

Pienso en las paredes marcadas por balones, en los partidos bajo el sol, en los regresos a casa hablando de jugadas y en una madre que descubrió que el verdadero privilegio nunca fue ver a su hijo convertirse en futbolista... Fue tener el mejor asiento para verlo perseguir un sueño.

Quizá Ronaldinho es el jugador que más me hizo sonreír cuando tocaba el balón...

Pero mi hijo… Mi hijo siempre será mi número 16...


domingo, 5 de julio de 2026

Crear mientras se cae el mundo...

 Hay días en los que uno siente que el mundo pesa demasiado.


Las noticias son malas... Las cuentas llegan... Extrañas a alguien.

O simplemente estás cansada de ser fuerte.


Y sin embargo… Tomas un pincel, preparas café, pones música y decides crear algo bonito.

No porque ignores el caos, sino porque te niegas a permitir que el caos tenga la última palabra.


Quizás eso es el arte.

Un pequeño acto de rebeldía.


Una forma de decir: “Sí, el mundo se cae un poco, pero mientras yo esté aquí, seguirán existiendo flores, colores y esperanza.”


No pinto porque mi vida sea perfecta...

Pinto porque, a veces, crear cosas bonitas es la manera más elegante que encuentro de recordarme que la belleza todavía existe.

Y quizá esa sea nuestra misión: seguir creando cosas bonitas… mientras el mundo se cae un poco. 

miércoles, 1 de julio de 2026

El bien no necesita testigos...

Estos días he visto lo mejor y lo peor del ser humano.

He visto personas cavando con las manos para encontrar a un desconocido. He visto milagros, impotencia, abrazos y lágrimas. He visto a un pueblo que, una vez más, demuestra que su mayor riqueza siempre ha sido su gente.

También he visto el veneno de siempre. La desinformación, la indiferencia, la política metiéndose donde solo debería existir humanidad.


Pero hay algo que me ha hecho pensar...


Alguien decidió hacer una actividad que tenía pautada de hace meses... Bastó eso para que las redes se llenaran de insultos, condenas y personas convencidas de que podían decidir quién ama más a Venezuela y quién no.

Y me pregunto… ¿en qué momento nos convertimos en jueces del corazón ajeno?

Tal vez alguien piense que ese evento no era oportuno. Es una opinión válida. Lo que no creo que nos corresponda es dictar sentencia sobre personas cuya historia desconocemos.

Porque nunca sabemos qué hace alguien cuando se apaga la cámara. No sabemos a quién ayudó en silencio, cuánto donó, cuántas llamadas hizo para saber de su familia, cuántas noches ha pasado sin dormir o cuánto ha llorado lejos de casa.


Yo prefiero creer que el bien no necesita testigos. 

Si algún día tengo que rendir cuentas por lo que hice —o por lo que dejé de hacer— esas cuentas serán mías. No de las redes sociales. No de una multitud. Mías.

Mientras tanto, seguiré intentando hacer el bien de la forma que pueda. A veces será visible. Muchas otras, no. Pero nunca he creído que la solidaridad necesite aplausos para ser real.

Quizás, en medio de tanto dolor, lo que más necesita Venezuela no es encontrar más culpables entre nosotros, sino recordar que nadie conoce por completo la carga que otro lleva en el corazón.