Nunca fui de discutir quién es el mejor jugador de la historia.
Es una conversación divertida, claro. Aparecen estadísticas, Balones de Oro, Copas del Mundo, Champions, récords imposibles… y casi inevitablemente se nombra a Messi y a Cristiano.
Claro que admiro a Messi. Esa forma de hacer que lo extraordinario parezca sencillo. La inteligencia para entender un partido antes que los demás. La humildad con la que deja que sea el balón quien hable por él.
Pero también admiro profundamente a Cristiano Ronaldo. La disciplina convertida en una filosofía de vida. La obsesión por mejorar. La prueba viviente de que el talento también se construye levantándose una y otra vez antes que los demás.No creo que uno sea grande porque el otro exista. Creo que ambos elevaron el fútbol a un nivel que quizá tardemos muchos años en volver a ver.
Pero, si me preguntan quién me gusta más… siempre respondo lo mismo: ¡Ronaldinho!.
Jugaba como si todavía estuviera en la calle. Mientras otros parecían resolver ecuaciones, él parecía bailar. No daba la impresión de cargar el peso de millones de personas esperando un resultado. Parecía un niño al que simplemente le habían regalado un balón.Cada pase era una idea... Cada regate, una sonrisa... Cada caño, una travesura.
Con Ronaldinho uno no esperaba solamente un gol... Uno esperaba magia.
Claro que tuve otros favoritos... Crecí viendo correr a Thierry Henry con esa elegancia que hacía parecer fácil lo imposible... Vi los misiles de Roberto Carlos desafiar cualquier explicación física que haría dudar hasta a mismísimo Newton... Admiré la clase infinita de Paolo Maldini, capaz de defender sin necesidad de hacer ruido... Y cómo no mencionar a Beckham, que convirtió un centro al área y un tiro libre en una forma de arte.
Fue una generación que me hizo enamorarme del fútbol.
Una época en la que cada fin de semana parecía haber un jugador dispuesto a inventar algo que nadie había visto antes.
Pero, con el tiempo, mi jugador favorito terminó siendo otro... Mi favorito... DS16... ¡Mi Danny!
Aunque hoy haya decidido seguir otro camino, para mí seguirá siendo el mejor jugador que he visto.
Cada vez que veo un 16 en una camiseta, ya no pienso en una posición dentro del campo.
Pienso en un niño que soñaba con salir en un álbum del Mundial.
Pienso en todas las horas de entrenamiento que nadie aplaudió.
Pienso en las paredes marcadas por balones, en los partidos bajo el sol, en los regresos a casa hablando de jugadas y en una madre que descubrió que el verdadero privilegio nunca fue ver a su hijo convertirse en futbolista... Fue tener el mejor asiento para verlo perseguir un sueño.
Quizá Ronaldinho es el jugador que más me hizo sonreír cuando tocaba el balón...
Pero mi hijo… Mi hijo siempre será mi número 16...
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