Hubo un tiempo en el que dejé de pintar...
No porque dejara de amar el arte… sino porque la vida empezó a pesar más. Mi país se volvió incertidumbre... Luego llegó la maternidad, las responsabilidades, el sobrevivir, el intentar ser fuerte todo el tiempo.
Poco a poco, sin darme cuenta, guardé una parte de mí junto con mis lápices y acuarelas.
Y así, pasaron casi quince años...
Cuando llegué a Salt Lake City todavía no sabía en quién iba a convertirme lejos de casa. Solo sabía que extrañaba algo. Por un momento pensé que era el Ávila, hasta que vi las Wasatch Mountain, tenía otro frío, otra luz, otro silencio... pero mi Ávila estaba allí, en otro idioma.
Como las mariposas amarillas siempre han sido mis compañeras de aventuras, un día le pedí a mi mamá que me enviara mi libro de Cien años de soledad... Y como las madres siempre entienden cosas que uno ni siquiera sabe explicar, ella aprovechó y metió también mis colores, acuarelas, lápices, papeles, tizas y carboncillos.
Todavía recuerdo abrir aquella caja... era como abrir una puerta que llevaba demasiados años cerrada.
Y un día simplemente decidí empezar... Solo necesitaba volver a sentir algo mío.
Hasta mi hijo se sorprendió de lo que podía hacer. Y honestamente… yo también.
Al poco tiempo fui a Salt Lake Comic Con. Recuerdo caminar entre artistas y pensar, casi como un sueño imposible: “quizás algún día yo podría estar aquí”.
Y pasó...
Y entonces empezó a ocurrir algo extrañamente hermoso... La gente se detenía. Miraban mis dibujos. Sonreían.
Y poco a poco, a través de los ojos de desconocidos, empecé a creer en mí.
Entendí que el arte nunca se había ido realmente. Solo había estado esperando el momento correcto para regresar.
A veces pienso que volver a pintar no fue simplemente recuperar un hobby...
...Fue recuperarme a mí.
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