Hay días en Utah en las que el cielo se vuelve naranja, rosado y violeta al mismo tiempo.
Entonces miro hacia arriba y, por un instante, juraría que una guacamaya cruza el horizonte cantando sobre el Gran Lago Salado, como si la memoria le hubiera confundido los mapas.
Hay lugares de los que uno se va... y hay lugares que emigran con uno...
Quizás por eso, por un instante, las montañas de Utah y el Ávila parecen compartir el mismo cielo, la misma inmensidad, la misma capacidad de recordarnos lo pequeños que somos.
Porque quien ha emigrado entiende exactamente de qué estoy hablando.
Hay una parte de nosotros que sigue caminando por las calles donde crecimos... y otra que aprendió a amar los lugares que nos dieron una segunda oportunidad.
Quizás por eso algunos atardeceres se sienten familiares.
No porque se parezcan, sino porque nuestro corazón aprendió a pertenecer a dos paisajes al mismo tiempo.Como si Caracas decidiera despertar un rato en Utah.
Caracas me dio raíces... Salt Lake City me dio futuro.
Y lo más hermoso es que no tengo que escoger, porque puedo imaginar al Humbolt suspendido sobre el Lago y el monumento This is the Place descansando al pie de la cota mil...
...y es perfecto...
porque desde aquí, en la tranquilidad de un atardecer puedo sentarme entre ambos mundos y entender que los dos también son míos.
Simplemente hermoso y muy sentido!
ResponderEliminarHermoso escrito, los caraqueños sentimos eso mismo....saludos
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