Durante mucho tiempo pensé que la elegancia tenía que ver con la ropa.
Con el vestido correcto.
Con los zapatos correctos.
Quizás porque crecí en una ciudad donde la imagen importaba mucho. Donde una camisa de superhéroes parecía un pecado, usar una marca determinada te hacía mejor y es que hasta el supermercado parecía una pasarela del Miss Venezuela.
Con los años descubrí algo diferente...
Hay personas que visten ropa costosa pero lo marginal no se tapa con la marca. Así como hay otras que llevan algo sencillo, incluso barato, y parecen iluminar cualquier habitación.
Porque la elegancia no nace de una etiqueta. No vive en una marca. No está cosida en el precio de un vestido.
La verdadera elegancia es llegar a un lugar importante sin dejar de ser quien eres.
Aquella noche estaba en una alfombra roja. Había glamour, vestidos impecables, cámaras, luces y esa emoción que se siente cuando recuerdas todo lo que se tuvo que pasar para llegar hasta allí.
Mientras posaba para las fotografías de la gala, pensé en algo que no tenía nada que ver con los premios.
Por primera vez en mucho tiempo me sentí completamente cómoda ocupando mi propio espacio.No estaba intentando impresionar a nadie. No estaba intentando encajar. No estaba intentando convertirme en alguien diferente.
Seguía siendo la misma persona que ama la luna, los libros, las luces de Navidad, los superhéroes, el arte y las conversaciones interminables.
Solo que ahora llevaba un vestido negro y mis fieles Converse.
Y entendí que quizás crecer no consiste en transformarse en alguien nuevo.
Quizás consiste en llegar a lugares que antes parecían imposibles sin perder las partes de ti que más amas.
Esa noche no gané un Emmy...
Pero me llevé algo que vale mucho más que una estatuilla.
La certeza de que después de tantos caminos, cambios, pérdidas, mudanzas y comienzos, seguía siendo yo...
Seguía siendo yo... Y por primera vez, eso me pareció suficiente.





