Estos días he visto lo mejor y lo peor del ser humano.
He visto personas cavando con las manos para encontrar a un desconocido. He visto milagros, impotencia, abrazos y lágrimas. He visto a un pueblo que, una vez más, demuestra que su mayor riqueza siempre ha sido su gente.
También he visto el veneno de siempre. La desinformación, la indiferencia, la política metiéndose donde solo debería existir humanidad.
Pero hay algo que me ha hecho pensar...
Alguien decidió hacer una actividad que tenía pautada de hace meses... Bastó eso para que las redes se llenaran de insultos, condenas y personas convencidas de que podían decidir quién ama más a Venezuela y quién no.
Y me pregunto… ¿en qué momento nos convertimos en jueces del corazón ajeno?
Tal vez alguien piense que ese evento no era oportuno. Es una opinión válida. Lo que no creo que nos corresponda es dictar sentencia sobre personas cuya historia desconocemos.
Porque nunca sabemos qué hace alguien cuando se apaga la cámara. No sabemos a quién ayudó en silencio, cuánto donó, cuántas llamadas hizo para saber de su familia, cuántas noches ha pasado sin dormir o cuánto ha llorado lejos de casa.Yo prefiero creer que el bien no necesita testigos.
Si algún día tengo que rendir cuentas por lo que hice —o por lo que dejé de hacer— esas cuentas serán mías. No de las redes sociales. No de una multitud. Mías.
Mientras tanto, seguiré intentando hacer el bien de la forma que pueda. A veces será visible. Muchas otras, no. Pero nunca he creído que la solidaridad necesite aplausos para ser real.
Quizás, en medio de tanto dolor, lo que más necesita Venezuela no es encontrar más culpables entre nosotros, sino recordar que nadie conoce por completo la carga que otro lleva en el corazón.
